8 de mayo de 2010

Nostalgia

Cuando estudiaba Comunicación Social miraba con recelo y cierta envidia a quienes reconocían ciertamente orgullosos querer dedicar su vida al periodismo. Yo lo detestaba, no sólo porque se alejaba de mis pretensiones, sino porque el pesimismo y la queja eran una constante en mi vida, sin embargo, algunos años después me encontré perdida de amor (era sentimiento puro) en una redacción, haciendo siete páginas por día, suplementos, viajando, cubriendo ausentes, haciendo investigación y hasta me disfrazaba de angelito para hacer las horas más soportables. Pasaba hasta la mitad del día en un idilio que me destruyó el cuerpo, la vida social, sentimental y me comió la cabeza. Cuando la espalda dijo basta y no me entraba un kilo más (más una suma de cuestiones) me fui, abandoné a mi gran amor y sufrí.
Pese a ser bienvenida (extraño por los manejos del medio en el que trabajaba) no quise volver para no tentar a la nostalgia. Hoy, después de ocho meses me animé y subí por las escaleras al grito de: “llegó la alegría del hogar” y un kilo de recuerdos se me amontonaron entre la segunda y tercera vértebra. Estaba mi máquina, mi silla, mi espacio y todo aquello a lo que le había puesto nombre y de lo que me había apropiado. Sentí la extraña necesidad de ponerme a trabajar. Recordé los muchos feliz cumpleaños que cantábamos bajito para el que patrón de estancia no se ofusque, las esperas interminables en elecciones, los tropiezos al levantarme de mi silla tras horas interminables de estar escribiendo, los pies descalzos durante los días de calor, los muchos cigarrillos que escondía ante la prohibición de fumar, los berrinches ajenos, mis impulsos conciliatorios, los litros de mates, los almuerzos híper calóricos de cada mediodía, las páginas que tirábamos ante un suceso extraordinario, como aquel 31 de marzo en el que Alfonsín moría mientras yo ponía mi cartera al hombro para huir a mi casa… y la nostalgia me abrumó. Por algunos segundos me arrepentí de haberme ido, fueron breves, pero intensos. Sin embargo, cuando estuve nuevamente en la calle sentí la libertad, aquella que había elegido en contra de la comodidad de soportar a un jefe inoperante, de un sueldo inalcanzable para mis pretensiones o del tope de mi crecimiento profesional. Y respiré libertad, paz, recordé que amo con el mismo ímpetu que con el que olvido. Después de todo, la libertad no tiene precio y mis amores, pese a ser intensos, no perduran en el tiempo.









Mi pseudo espacio en mi último día de trabajo.

(Mapa: para recordar mi cuarto grado cuando cubría la sección Interior.

Foto: cuartetero desconocido que despertaba fantasías, de las feas.

Cartel: supongo que lo pusieron para que no olvide la prohibición, pero me daba más ganas de fumar.

Bolsa: estaba triste porque me iba, así que pasé por mi local favorito a buscar consuelo.

Cartera: de la colección, retro.

Tapado, puchos, teléfono, lapicera, auriculares: cachivaches que suelo cargar.)

3 comentarios:

Mel Blanc dijo...

Efectivamente, dicen que en las redacciones de los diarios hay miles de historias, y de vidas que se proyectan o languidecen entre cafés requemados y mates lavados decenas de veces. Lástima no haber vivido en las viejas redacciones, cuando el repiquetear de las máquinas de escribir era un sonido que ya no se sentía por una simple cuestión de acostumbramiento auditivo, o cuando los no fumadores aceptaban con total pasividad que alguien se fume dos atados de puchos a su lado. Besos!

Paula dijo...

breve pero intenso ,pero pasa , los recuerdos quedan los aprendizajes tb y los amigos de esos lados siguen con uno, lo mas importante y dificil es elegir y decidir algo diferente en contra de la comodidad cotidiana y lo lograste!
Me encanto y lo mejor para tu nuevo emprendimiento. besos.

nadasepierde dijo...

Me encanta como escribís, estoy desde hace días leyendo tu blog, y me gusta mucho.
me pegó tu frase: la libertad no tiene precio y mis amores, pese a ser intensos, no perduran en el tiempo.
Nos pasa a todos!
un beso